Este blog comenzó por una yuxtaposición de dos conceptos: sociología y redes sociales, el fenómeno emergente del momento (2010). Tras una primera etapa terminé enunciando la necesidad de una Sociología de las Redes sociales, entendida como la necesidad de aplicar el análisis sociológico a lo que estaba sucediendo en estas nuevas plataformas digitales de interacción social masiva y multidireccional.
La primera etapa del trabajo comenzó ‘tonteando’ con las ideas que se enunciaban desde el marketing de las Redes sociales, pues el inteŕes de mercado es siempre el primero en colonizar los nuevos espacios con teorías, análisis e interpretaciones. La aportación crítica de Juan Faerman también representó en este momento una influencia bastante importante… pues el humor es siempre útil como lanzadera improvisada para la cítica del poder. (Si, ese programa de Buenafuente en el que Joan Jimenez y Juan Faerman protagonizaron una entrevista conjunta sobre redes sociales representa muy bien esas dos influencias tan opuestas sobre el fenómeno).
A partir de ahí, el trabajo fue avanzando poco a poco… hacia la investigación del modo en que las Redes sociales afectaban a las formas de relación social. Cómo camabiaba nuestra percepción de nosotros mismos, la percepción de los demás, cómo se conformaban las nuevas identidades, cómo tenían lugar la conversaciones online, y porqué… qué significaban “los amigos”, etc.
En torno al concepto de Marca Personal (a la crítica del concepto) y al análisis de las ‘nuevas formas de relación social’ surgieron varios conceptos interesantes, como la “hiperconectividad social abierta”, eso de mantener comunicaciones ‘personales’ en una plataforma-red que te permite presentarlas como comunicación pública (quedar con una amigo en su muro, comentar tu estado de ánimo en tu muro, subir las fotos de tu nueva casa, etc.); o como la hipersocialización (de Juan Boronat) que representa la vinculación entre la realidad física y la virtual; la mercantilización de las relaciones personales, el nuevo ‘darwinismo’ digital, la hibridación entre la identidad digital y la personal, la tipología de usuarios de redes sociales, etc, etc.
En fin, todo lo relacionado con el proceso de socialización tecnológica, el aprendizaje y la interiorización de las nuevas herramientas de comunicación social, así como el mismo proceso de relacionarse por mediación de la tecnología.
Ahora, conforme al signo de los tiempos que se mueven a marchas forzadas, ha emergido, de la mano de los movimientos sociales, un nuevo elemento en relación a las redes: el Sujeto colectivo.
Iniciativas como Juventud Sin Futuro y Democracia Real Ya, preparadas desde fuera de las Redes han sabido utilizarlas para difundir su mensaje crítico que ha eclosionado en el Movimiento del 15 de Mayo y en la ola de asamblearismo de nuevo cuño que favorece la aparición mantenida de sujetos colectivos. Ahora, las Redes sociales ya no se ven como el lugar donde ‘expresar mi identidad’, favorecer mi vida social, etc. sino como el medio donde participar de la discusión pública, donde converger con otros en el desarrollo de este sujeto colectivo (el Patio lo llaman en Twitter), donde el individuo ya no se acantona en su individualidad expresiva, sino que, gracias a un exceso de ésta, la comunicación constante le lleva a difuminarse en este sujeto colectivo.
Los blogs y más tarde los perfiles de las Redes sociales se han visto tradicionalmente como plataformas para la virtualización del ego que potencian el narcisismo comunicacional. En nuestro blog y en nuestra cuenta de Twitter evangelizamos al mundo con nuestras opiniones, equiparables a las de cualquier experto… y en la multiplicación de estos expertos amateurs se difumina la expertise y el sujeto (individual) toma consciencia de su nadidad, de su poca importancia en el mar infinito de la información virtual…y del mundo.
La crisis global - crisis financiera en lo económico, crisis de representatividad en lo político y crisis de sentido en lo cultural – también ha servido para potenciar esta sensación de incapacidad del sujeto individual y necesidad de pertenencia al sujeto colectivo para recuperar el espacio público. Si, el enigmático “yo sólo no puedo, con amigos sí” que nos enseño la posmoderna Bola de Cristal ha vuelto con renovada fuerza… (mientras Alaska juega con su marido a visitar tiendas caras de moda superflua, las perlas mágicas que nos dejó cuando rompió la Bola han eclosionado).
Esta emergencia del sujeto colectivo, o su recuperación, hace necesaria una segunda sociología de las Redes sociales, que conecte más con el acontecer histórico-social y con los principales problemas sociales ahora imprimados por la nueva revolucion tecnológica (Informacional según Castells), para superar la estrechez de miras del concepto cerrado de ¿”cómo nos relacionamos” con estas nuevas herramientas? para cuestionar la realidad social misma.
Así, ya no nos fijamos en los procesos de socialización tecnológica, lo que la sociedad y cada uno de nosotros tiene que aprender para integrarse en el nuevo panorama tecnológico, sino en la Digitalización social, es decir, en el proceso de aplicación masiva de las tecnologías de la información sobre la realidad social… la transferencia de esta realidad social a parámetros digitales y en cómo este proceso arroja nueva luz sobre lo que somos como sociedad y el modo en que estamos construyendo (y digitalizando) nuestras vidas.

Las imágenes han sido muy claras y no daban lugar a dudas

Las Batallas por la Verdad
Por Javier de Rivera
El escenario mediático que se ha abierto con la proliferación de los blogs y sobre todo con Twitter, servicio de microblogging que dinamiza al extremo la difusión multidireccional de información, genera un nuevo tipo de fenómeno socio-cultural.
Me gustaría bautizarlo como “Las Guerras Clon” en referencia a la famosa película de Star Wars. Primero, porque al igual que en aquella película, en el nuevo sistema global las cosas no son nunca como parecen: la verdad se hace más escurridiza a medida que la sociedad se hace más compleja.
Y segundo porque en Twitter y los blogs la información se mueve por replicación de memes, por clonación de opiniones que hace, en cierta medida, que los actores de la contienda sean un poco como los guerreros clon de la saga… sujetos a los mandatos del flujo de información.
En lo concreto, no pretendo sugerir que los llamados ‘indignados’ sean clones que sirvan a intereses ocultos, no soy tan ‘aventurero’. Y en general me parece esperanzador el nuevo resurgir de los movimientos sociales que se nutre de las posibilidades comunicativas de los Social Media, pero mi postura (extra)crítica me obliga a mantener cierta (pretensión de) imparcialidad.
Con el concepto de Clon mediático me refiero más bien a la figura general del “opinador amateur” en Redes sociales y en Twitter en particular. A cómo nos inflamamos con las noticias que nos llegan y cómo reproducimos, a veces airadamente, opiniones. Algo que insufla cierto populismo a las nuevas revueltas de opinión de Twitter, como aquel famoso (y trivial) tema de los vuelos en primera clase de los Eurodiputados (lanzado desde abajo) o el linchamiento mediático de los controladores aéreos (lanzado desde arriba).
Pero no es de las Guerras Clon de lo que quiero habla ahora, sino de las Batallas por la Verdad que son la sal y la vida de las nuevas guerras virtuales de opinión. Porque detrás de todas las opiniones airadas y más o menos (des)informadas, que se rigen más por el prejuicio (literalmente: juzgar sin conocer) que por la investigación rigurosa, lo que se pone en cuestión es la definición de la verdad.
La VERDAD con mayúsculas puede ser un concepto filosófico inalcanzable, sujeto a interpretaciones y a la barrera insalvable de la subjetividad, pero la verdad de los hechos es algo más sencillo: tan sólo hacen falta datos fiables y ausencia de prejuicios y sesgos ideológicos.
Los medios de comunicación tradicionales reclaman con frecuencia su función de ‘transmisores fiables de la información’ de lo sucedido, son profesionales, conocen el trabajo, saben investigar y saben informarse. Pero se critica aún con mayor frecuencia su falta de impacialidad, puesto que dependen de intereses económicos, políticos, institucionales, etc. que en ocasiones afectan gravemente a su imparcialidad, e incluso les lleva a manipular informaciones o a esconder determinados discursos del gran público.
De modo que no podemos creernos a pies puntillas las versiones oficiales de los grandes medios, y por otro lado, el periodismo ciudadano tiene muchas carencias, principalmente la multiplicidad de informantes y, en muchas ocasiones, la falta de preparación de los mismos. Por eso, se hace necesario un nuevo tipo de periodismo que, no sé si será posible, combine la independencia institucional con la calidad profesional.
Para buscar la verdad no queda otra opción que investigar, algo que no está al alcance de la mayoría de la gente y que muy pocos saben hacer bien, con la rigurosidad y exhaustividad necesarias. Ir a las fuentes primarias requiere una dedicación muy difícil de alcanzar para el amateur, a no ser que esté organizado y en colaboración con otros. Si dependemos de las fuentes secundarias, lo que dicen otros que sucedió, tenemos que triangular constantemente la información, comparar, contrastar (que no es lo mismo que comprobar) y muy especialmente, hacer inferencias intuitivas que regulen el sesgo del informante.
Por ejemplo, si los manifestantes de Barcelona dicen que fue la policía infiltrada la que generó episodios violentos (el clásico de que son los policías los que ‘revientan’ las manifestaciones para poder cargar y dispersar), tenemos que imaginarnos cómo de fiables son sus testimonios… y si están basados en observación directa o en lo que les han contado (como aquello de la mermelada y Ricky Martin en un armario que había quien “lo había visto de verdad”). Vamos que podemos creer o no creer, pero realmente no tenemos prueba de nada, ni contamos con informantes garantizados, que es lo que deberían ser los actuales periodistas.
Esa es la cuestión… que al final, la opinión pública descansa sobre creencias e inferencias de información más o menos audaces sobre lo que sucede. Pensamos lo que nos cuadra y lo que no nos cuadra, pero no podemos ‘consensuar’ lo que pasó como algo fehaciente y a prueba de dudas.
Yo tengo mi versión de casi todo lo que sucede, por supuesto, y la considero una versión madura, lógica, estudiada, meditada… vamos, la caña. Pero no vale de nada si no la puedo ‘demostrar’ y si no la puedo comunicar y compartir como algo verídico, más allá de mi opinión.
Y es que, en cualquier caso, hasta la investigación más rigurosa y exhaustiva depende de la veracidad que otorguemos al informante… es una cuestión de confianza. Algo que sólo se puede superar si el ‘peso de la verdad’ deja de recaer tanto en el informante, el experto, el profesional, el periodista y pasa, en parte, a la propia información y la forma en que fluye: que la rigurosidad descanse en la red de comunicación y no tanto en los nodos, como sucedió con la falsa foto del cadaver de Osama Bin Laden.
Igual, si se extienden protocolos y formas de pensar que priorizan la búsqueda de pruebas y el compromiso con la verdad de los hechos (no con la que nos gustaría creer) podamos mejorar en este sentido.
Algunos ejemplos para lograr esto:
- Contrastar hechos en la medida de lo posible, con una búsqueda online.
- Evitar que las cosas nos inflamen, pensar con calma.
- No dar bola a informaciones con lenguaje tendencioso, como “la maldita policía” ha hecho tal cosa.
- Buscar las fuentes: quien dijo qué y donde.